perepol1-11-2014Hace unos días, Pere, el hermano de Pol, nos sorprendió con un texto que había escrito en nombre de su hermano, en primera persona. El título era suficientemente explícito, “Hola, soy Pol”. Nos emocionó leerlo y nos  hizo reflexionar mucho sobre estos años compartidos, sobre los aprendizajes que hemos hecho todos juntos desde la llegada de Pol y, sobre todo, sobre el camino personal de nuestro hijo mayor, andado muy a menudo en silencio, y que ha sabido condensar tan bien en las líneas que tenéis la oportunidad de leer a continuación. Son esos momentos en los que tienes la certeza de que todo tiene sentido. Gracias, Pere!

Con el permiso del autor, os invitamos a leerlo.

Hola, soy Pol

¡Ring! Por fin suena el timbre. Tiene que ser ella. Corro saltando directo a la puerta, miro por la mirilla y la abro de una sacudida. Llegó el día.

Mi vida no ha sido ni de lejos un camino fácil. Vi desde los primeros momentos como mi forma de ser era despreciada, como poco a poco pasaba de ser un niño adorable a quien todo el mundo tocaba los tiernos mofletes y preguntaba quién era el más bonito, a ser el niño. El especial. Vi el primer día en la guardería como mi madre conversaba con la dueña y ésta, adoptando una actitud resignada y con una sonrisa postiza, exclamaba que ellos encantados, que por ellos ningún problema. Me sentía un estorbo. Mis amigos en la guardería y en el parvulario me tenían estima y cuidaban de mí, pero aquella sensación me incomodaba y me preguntaba qué tenía de diferente. ¿Por qué era yo el raro? Todo dio un giro radical el día fatídico en el que pregunté a mi madre por qué era diferente. No fue una pregunta fácil por las consecuencias que la respuesta podía acarrear. Ella me respondió con los ojos vidriosos que tenía una cosa que se llamaba síndrome de Down, que hacía que aprendiera las cosas un poco más despacio que los demás. Al ver mi expresión decepcionada, quiso añadir, intentando curar la herida, que seguía siendo un niño como todos los demás y que me querrían siempre y que siempre estarían a mi lado. Cabizbajo, ya no presté atención a las promesas maternales. Durante las siguientes semanas, a pesar de que el Pol de cara afuera seguía siendo el mismo niño juguetón y afectuoso, el Pol de cara adentro se hacía constantemente preguntas acerca de: ¿cómo he de seguir adelante una vez sabido esto? ¿Asumiré que soy un niño Down? ¿Cómo me verá la gente de mi alrededor? Aunque esta última pregunta tampoco es que me atormentara en exceso. La opción que decidí escoger, y la que adopto todavía hoy, es la de ser yo mismo, un niño afectuoso que necesita ser querido y que desea dar todo el amor que tiene a los demás. De hecho, dice mi hermano que siempre subo el ánimo a la gente del autobús que se sienta a mi lado cuando les llamo guapos. Pero es que son guapos. Siempre he pensado que no hay nadie feo en este mundo, que si todos nos consideráramos guapos todo iría mucho mejor, la gente no discutiría tanto sobre si somos guapos o no, todo el mundo lo sería y punto. Supongo que es gracias a mis buenas críticas que mi tía me recibe siempre con un abrazo y un beso de aquellos que te chupan y dejan marcado el pintalabios. Pero ya me está bien, será el peaje que debo pagar por querer ser buena persona. Hablando de almas bondadosas, fue en la escuela donde descubrí la persona que me ha marcado durante estos años. Se llama Miriam y desde el primer día supe que seríamos grandes amigos. Tenía la necesidad de conocer a alguien que me entendiera, que viajara conmigo donde sólo nosotros pudiéramos viajar, alguien a quien pudiera explicar todo aquello que me pasaba sin esperar consecuencia alguna ni reprensión a cambio. Mi hermano era Pere, pero estaba conociendo a mi hermana. Cursé con Miriam toda la primaria y ESO, unos años en los que maduré mucho personalmente: me daba cuenta de que empezaba a aprender a razonar, de que cada vez entendía más y más lo que pasaba en el mundo exterior. Me daba cuenta de que también empezaba a estudiar y a aprender lo que sabían los niños mayores. Dejaba de ser el niño pequeño de mofletes rojizos y a quien todo el mundo llenaba de besos para pasar a ser un chico que tenía que afeitarse un bigote que le indicaba el inicio de la pubertad. Y es que aquel día representó un punto de inflexión: era una mezcla entre la ilusión de hacerme mayor como mi hermano y el vértigo de mirar hacia atrás y ver como aquella etapa no había sido nada más que unos cuantos años de introducción a la realidad, que yo no era Peter Pan.

Visto el pasado, hay que mirar hacia el futuro. No sé si llegaré a cursar alguna carrera, pero mi sueño sería poder ser camarero en el restaurante INOUT, un lugar donde siempre me he sentido como en casa y donde dan mucha importancia a la inclusión social. Es más, cuando voy siempre me hago amigo de algún camarero Down. Tanto si lo consigo como si no, una cosa sí que tengo clara: que siempre conservaré la esencia de ese Pol que jugaba a fútbol con los playmobils. No sabría cambiar. No sería yo. El Pol de dentro sí que es un Peter Pan.

Una vez abierta la puerta, finalmente me encuentro con la cara de Miriam. Nos miramos el uno a al otro y sonreímos. Radiante como siempre, me regala un ramo de flores. No hace falta que le haga la pregunta. Sí, quiere. Siempre lo ha querido. Siempre lo hemos querido.

Hola, soy Pol y soy feliz. Si la vida me ha dado tres cromosomas 21, cuantos más seamos, mejor.

Pere Ricart Vallès